Docencia, mayéutica y la cicuta de la injusticia.

Docencia, mayéutica y la cicuta de la injusticia.

24 octubre, 2017 Docencia 0
Han tenido que pasar más de 25 siglos y que llegasen las Redes Sociales y todo esto del 2.0 para que algunos empiecen a darse cuenta de que sólo sabemos que no sabemos nada.

Uno escribe un tuit, el mejor del mundo, digno de ser retuiteado millones de veces, y de repente llegan las réplicas, las contradicciones, las correcciones y las aportaciones de otros usuarios que saben más, que conocen más. Por mucho que en nuestra bio ponga “Máster en Meteorología y Geofísica”, siempre habrá un campesino que viendo el comportamiento de su rebaño y observando la inclinación de la hierba o el color del cielo tras las montañas que lleva viendo toda su vida, acertará mucho mejor en el pronóstico del tiempo.
Y eso se aplica también a la enseñanza, ya que por mucho que hayamos aprendido, siempre tendremos una nueva lección en cada clase que impartamos. La enseñanza es algo bidireccional, y el docente que no sea consciente de ello, se convierte en orador. Y cuando esto ocurre, nos podemos encontrar con réplicas, preguntas incómodas, e incluso la ruptura de nuestro discurso. El alumno puede echar por tierra todo nuestro argumento. Siempre hay alguien que ha estudiado más, que conoce más, que ha vivido más, que tiene más, que puede más, que sabe más, o simplemente que piensa más.
El docente no es orador. Debe ser algo más parecido a un comunicador que modera. Debe exponer su sapiencia, sus conocimientos y su experiencia, y deben ser los alumnos los que saquen sus conclusiones, los que aporten, los que sumen y resten. De esta forma, cuando el docente escucha, mejorará su ponencia y su discurso de forma progresiva en cada charla.
¡La mayéutica socrática (método) está de moda! O debería estarlo. La bidireccionalidad en el aprendizaje y la convicción de que el método debe consistir en el aprendizaje por ambas partes. Dudar, preguntar, opinar, cuestionar, aprender.    
El problema, en muchos casos, radica en la sentencia, la contundencia o incluso la prepotencia del orador (que no docente). Cuando nos subimos a un escenario, nos crecemos. Vemos los rostros de los alumnos expectantes, admiradores e incluso aduladores de nuestra persona y de lo que vamos a decir. Nos crecemos. Nos han presentado como “expertos” y hemos de demostrarlo. Nadie puede saber más que nosotros. Nadie debería llevarnos la contraria. Y, por si acaso, trataremos de no dar la palabra. Por si acaso, repito.
Hay dos tipos de profes. Está el profe orador.
-Si tengo 7 manzanas en una bolsa y me como 2, nos quedarán 5 manzanas, ya que aplicando el principio de la resta, a una determinada cantidad debemos eliminar una parte para obtener la diferencia o resultado.
A este tipo de docente parlanchín le gusta escucharse. Tiene bordadas sus iniciales en la camisa. Ha escrito varios libros, “Yo y la resta”, “Mi método para solucionar restas”, “La resta me quiere” o “Resta conmigo”, entre otros títulos. Yo, mi, me, conmigo.
Luego está el otro tipo de docente.
-Si tengo 7 manzanas en una bolsa y me como 2. ¿Cuántas manzanas tengo?
-¿En la bolsa o en la barriga? –le pregunta un alumno.
Y el profe que escucha, corrige su pregunta.
– Si tengo 7 manzanas en una bolsa, y me como 2. ¿Cuántas manzanas me quedan en la bolsa?
La mayéutica se basa en la retórica, la discusión de argumentos, la conversación y la escucha. Y aprenderemos tanto si acertamos como si no, pues cuando erramos aprendemos lo que no es. La mayéutica, si me permitís la ironía socrática y el tópico bien entendido, la comparo con una conversación entre gallegos, donde una pregunta responde a la anterior hasta llegar a una conclusión o resultado sin necesidad de que haya una sentencia. En la mayéutica el docente moderador puede preguntar, y de cada respuesta deberá sacar una nueva pregunta. De ésta forma, el alumno piensa, ordena ideas, propone teorías, argumenta y, finalmente, aprende. Por eso aprendimos que la tierra era redonda, porque alguien se preguntó por qué era plana si el horizonte era curvo. Por eso evolucionamos y, repito, aprendemos.
Sócrates pensaba que a la sabiduría se llega a través del intercambio de conocimientos y opiniones en una conversación en la que ambos interlocutores encuentran las respuestas y aprenden.
Al igual que Sócrates fue criticado por este método, probablemente mi argumentación pueda ser criticada por detractores de la escucha, miedosos del segundo puesto… Y serán ésos mismos los que me pregunten. ¿Qué mérito tiene el docente si aplica este método? ¿En realidad aporta algo? ¿Qué enseña? Volvamos al ejemplo.
-Si tengo 7 manzanas en una bolsa y me como 2. ¿Cuántas manzanas tengo?
-¿En la bolsa o en la barriga? –le pregunta un alumno.
-¿Puedes seguir considerando manzanas lo que tienes en la barriga? –replica el profe.
Y ahora es el alumno el que, después de meditarlo (llevándolo un poco al extremo para que se entienda el ejemplo), podría responder.
-En la bolsa me quedan 5 manzanas, y en la barriga tengo 2 manzanas siendo digeridas.
El docente conduce. El docente sabe, tiene experiencia y los conocimientos necesarios. El docente dirige, modera, gira, retoma el argumento, guía al alumno. Intenta que se llegue al resultado sin que él lo aporte. Facilita la reflexión. El docente sabe el final, por lo que cuando el alumno se desvía, debe saber conducirlo de manera que sea el propio pupilo el que lo haya conseguido.
Sócrates fue acusado de corruptor de los jóvenes (nada que ver con perversiones sexuales). El juicio era porque el maestro les facilitaba y daba instrumentos y argumentos para que pensaran por sí mismos, algo muy mal visto en la sociedad ateniense.
¡Compañeros docentes! ¿Nos tomamos la cicuta de la injusticia o nos sacamos el carnet del Olimpo de la Fama Efímera? 

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