fbpx

Lágrimas de cocodrilo lésbico

Lágrimas de cocodrilo lésbico

5 mayo, 2016 Opinión 0

La isla de Lesbos aparece en La Iliada de Homero. Fue dominio de los crueles persas hasta que los guerreros de Atenas salieron victoriosos de la famosa batalla de Salamina, y las cinco ciudades de la isla fueron repartidas entre ciudadanos atenienses hasta el final de la Guerra del Peloponeso. Más tarde Alejandro Magno cambió de nuevo las tornas en la batalla de Gránico. Luego llegó la conquista de la isla por Macedonia, y Lesbos tuvo que firmar un tratado con los romanos. Las ciudades se aliaron con Mitrídates VI, rey del Ponto, hasta que los romanos desembarcaron y destruyeron Mitilene, la ciudad principal. Una vez reconstruida Mitilene fue capital de la provincia romana de Asia. Y cayó el imperio romano. Y Constantino el Grande pasó por allí. Y a lo largo de los siguientes siglos fue saqueada por esclavos, sarracenos, venecianos, e incluso nuestro ilustre Reino de Aragón. Después los bizantinos, los genoveses, los otomanos… Y en la Guerra de los Balcanes los griegos recuperaron el territorio hasta hoy. Ése es un brevísimo resumen de la historia de un territorio que ha formado parte de la humanidad desde el siglo XI a. C.


Y ahora, en pleno siglo XXI, los historiadores no saben cómo escribir las páginas que le corresponden a esta hermosa isla y al momento que está viviendo. No son aguerridos turcos, ni terroríficos otomanos, tampoco expertos guerreros atenienses, ni por supuesto despiadados conquistadores los que han invadido el territorio de la isla de Lesbos. Son exiliados, desterrados, expatriados, expulsados. Son todo eso, pero no son refugiados. Los llamamos así pero no les damos refugio, porque dar refugio es acoger, es cuidar, es consolar, es más dar que quitar. Y no les estamos dando, les estamos quitando, su vida, su tierra, sus raíces, su familia, sus costumbres, su país, sus derechos, su alma. No son refugiados, no nos equivoquemos. No exculpemos nuestros pecados al llamarles de otra forma. Porque aunque no lo digamos en voz alta, les estamos llamando escoria, lo que sobra, lo innecesario, lo prescindible, la basura. Y a la basura lo mejor es darle un escobazo (a Turquía) y que allí la escondan bajo la vergüenza de sus alfombras, ahora valoradas en 6000 millones de euros. Y allí, tras los bochornosos hilos de oro, ellos tal vez se sientan seguros, o tal vez mueran, o tal vez no se vuelva a saber de ellos (que para eso hemos pagado).

Y Europa y el Mundo les ha dado la espalda, porque también tiene miedo a que alteren su estado del bienestar, alegando que “cuando dije digo, digo adiós”. Adiós a La Directiva 2001 de protección temporal en caso de urgencia; adiós a La Declaración de Derechos Humanos; adiós a El Convenio Europeo de Derechos Humanos; adiós a La Convención del Estatuto del Refugiado (Conocido como la Convención de Ginebra de 1951); adiós a La Carta de Derechos Humanos de la UE aprobada en el Tratado de Lisboa en 2009; adiós a La Convención de la ONU sobre el derecho en el mar; y adiós al artículo 13.4 de la Constitución Española. 
Y nosotros ponemos el negro/amarillo/rojo por todas partes y gritamos “JesuisBruxelles”, y lloramos. Y nadie nos cuenta cómo son los colores de la bandera de Siria o cómo se dice en turcomano “yo soy Damasco”.
Sequémonos las lágrimas elitistas de cocodrilo de Gucci, o irremediablemente la Humanidad deberá cambiar de nombre.
La gran poetisa Safo escribió allá por el 600 a.C. «Me destila un frío sudor y entera / un temblor me apresa, y cual la paja / amarilla estoy y mi muerte siento / poco alejada.»

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *